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La familia que volvió desde España a Venezuela y quedó sepultada por los terremotos

La familia que volvió desde España a Venezuela y quedó sepultada por los terremotos Un amigo telefonea desde Galicia para mover lo inamovible. Al otro lado del océano, en Venezuela, una mujer lleva seis días sin separarse del edificio donde están sepultados sus padres, su hermano y sus dos sobrinos “Ha sido un desespero total”. Eduardo Campos iba en coche al trabajo, con la radio puesta, cuando la primera noticia de la mañana fue el terremoto de Venezuela. Aparcó en el arcén y mandó un WhatsApp que nunca llegó. Desde entonces, este vecino de Marín (Pontevedra) ha hecho lo único que estaba a su alcance desde 7.000 kilómetros de distancia: contar la historia de sus vecinos a todo el mundo. A conocidos del Ejército, a un primo de la familia en Panamá, a un hijo médico que vive en Florida, a la prensa local. Buscar nombres en listados de supervivientes, pedir maquinaria, preguntar por una antena satelital que permita ubicarlos entre las ruinas. Y este domingo decidió llamar a EL PAÍS: “Ayúdame a sacarlos de allí”. En un rincón olvidado de La Guaira, la zona cero del doble terremoto del pasado miércoles, sigue atrapada una familia de Marín: Yhosvany Hernández, el entrenador del club de hockey donde juega el hijo de Campos; su mujer, Adela Taberneiro, presidenta del club; y los dos hijos del matrimonio, Lía, de nueve años, y Ulises, de ocho. Junto a ellos están sepultados también los abuelos, Carmen Rosa Fernández y Roger Hernández, quienes los acogían esos días en esa ciudad venezolana encajada entre el Caribe y la montaña. Los Hernández Taberneiro habían emigrado a Galicia hace siete años y esta era su primera visita a Venezuela desde entonces. “Tenía que sacar a los niños para que tuvieran una mejor educación, esas fueron sus palabras”, recuerda su hermana. Tenían billete de regreso para el 16 de julio, pero ahora son cuatro de los 138 españoles —ellos con doble nacionalidad— desaparecidos en el derrumbe. Van 17 fallecidos. Fuentes españolas en Caracas advierten de que esos números son apenas una base contable, que van a ser muchos más. El balance general alcanzó este domingo los 1.450 muertos, con decenas de miles de personas en paradero desconocido. Los seis celebraban el reencuentro la tarde de aquel miércoles. También el cumpleaños del abuelo y el padre de los niños. Estaban todos sentados en la mesa del comedor de ese segundo piso que ahora mismo nadie sabe dónde queda. La torre se vino abajo de frente. Hasta el domingo, ni una sola excavadora había aparecido en ese vecindario humilde y devastado en el que vivían los abuelos. Ante el edificio, sin moverse desde el miércoles, está Mabel Hernández, hermana de Yhosvany. Duerme a la intemperie en un solar donde se pudre una vieja lancha varada. Allí, algunos vecinos han instalado unos colchones y unas mantas para no perder de vista la montaña de hormigón que intentan desmontar con sus propias manos. Fue Mabel quien propició el reencuentro familiar. Hace ocho meses había traído a sus padres desde Cuba y la familia se reunía siempre que podía cada 23 y 24 de junio, los cumpleaños de su padre y de su hermano. “Al final fue como una despedida”, dice. Ante la desgracia, la mujer tiene un único consuelo. El azar hizo que su hijo y la mujer de este, presentes en la celebración, se salvasen. Bajaron a la calle a fumar un cigarrillo — “Aquí están los niños y no quiero fumar delante de ellos”, dijo ella— y el derrumbe los pilló fuera. Se salvaron. Su desespero ante el rescate es el de miles de venezolanos estos días. “Desde el miércoles estoy aquí y no han hecho nada”, reclama Mabel, que pide maquinaria pesada para atravesar el cemento y encontrar a los suyos. Todos a su alrededor están igual. Impotentes y a punto de desfallecer. Los rescatistas, dice, “vienen a buscar vida, pero cuando no escuchan nada, se van”. Pasadas las 72 horas —que se cumplieron el sábado—, la ventana de supervivencia se cierra casi totalmente. A la primera excavadora, se sumó una segunda, pero no funciona porque no hay combustible. “Nos prestaron una máquina, pero no hay gasoil para echarle. ¿Cómo me van a decir que en este país no hay gasoil para la máquina?”, cuestiona. “Venezuela no tiene recursos, a pesar de que es un país muy rico”. La torre donde vivían los abuelos es una zona de viviendas de protección oficial que cayeron en plomo por completo. A diferencia de las urbanizaciones más ricas y con piscina, estas se desintegraron por completo. Es, además, donde menos maquinaria y rescatistas se ven, donde los vecinos cavan hasta que les sangran las manos. Día y noche, con las linternas del móvil. Impotencia absoluta La impotencia es absoluta porque ya saben que es demasiado tarde. Que dependen de un milagro. “Si murieron, es por negligencia. Estoy segura”, solloza Mabel. “Aquí no hay nada, todo es para ellos, todo es para lucrarse, todo es para que me vean y listo”, reclama contra las autoridades que siente que les han abandonado. Hasta el sábado, Mabel se los imaginaba saliendo con vida del agujero. Se acostaba en el descampado y se decía que aún respiraban. “¿Sabes cuándo uno siente esas cosas? Pues hasta ayer mismo yo decía que sí, que estaban vivos. Mi papá tiene 84 años, pero los niños pueden resistir un poquito más”. Hoy llora y pide un abrazo. En Marín, mientras tanto, el vecino vive con angustia la distancia y la falta de información. Eduardo conoció a la familia por los niños. Su hijo y Ulises se hicieron amigos en primero de primaria, en el colegio. Los dos son niños introvertidos, los dos parecidos, “uña y carne, inseparables” desde hace dos años. Cuando Eduardo montó el equipo de hockey en el colegio, Ulises ya jugaba y la amistad se trasladó a la cancha. La familia se había marchado de Venezuela cuando Lía tenía dos años y Ulises aún no había cumplido uno: los niños volvían por primera vez a la tierra donde habían nacido. Estaban “muy, muy ilusionados”, cuenta Eduardo. El viernes, en pleno desconcierto, una noticia sugería que la familia había aparecido en una lista y que estaba bien. La alegría duró muy poco. Era una confusión por un mensaje de otro Yhosvany, hijo del primer matrimonio del entrenador, que ejerce como médico en Florida. Él no logra hablar de ello. “Recordar todo eso siento que no me haría bien en estos momentos, lo siento”, se excusa desde Estados Unidos. El hijo de Eduardo, Edu, de seis años, aún no sabe qué ha pasado en Venezuela. El viernes, en clase, los niños tuvieron que escribir el nombre de su mejor amigo. Edu dibujó dos figuras: en una puso el nombre de otro compañero; en la otra, el de Ulises. “Casi preferiría no tener ninguna esperanza, lo digo en serio”, lamenta Eduardo. “El sábado no encontraba una esquina donde llorar. Me tuve que ir de casa para no hacerlo delante del niño”.

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