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Análisis CR2 | Temporal del 15 al 20 de julio de 2026 en Chile: ¿por qué la duración de la lluvia fue más excepcional que su intensidad?

Cristóbal Soto-Escobar, Department of Civil and Environmental Engineering, University of California, Irvine, CA; Mauricio Zambrano-Bigiarini, académico del Departamento de Ingeniería en Obras Civiles de la Universidad de la Frontera e investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2); y René Garreaud, académico del Departamento de Geofísica de la Universidad de Chile e investigador CR2. Entre el 15 y el 20 de julio de 2026, una sucesión de sistemas frontales dejó precipitaciones desde la región del Ñuble hasta la de Atacama, pero los mayores montos de precipitación acumulada estuvieron concentrados en las regiones de Atacama y Coquimbo. La Figura 1 muestra la precipitación acumulada para cada uno de los días de este evento extremo (la precipitación caída en las 24 horas de cada día), mientras que la Figura 2 muestra la precipitación total acumulada desde el inicio del evento (15 de julio 00:00 GMT-4) hasta su final (20 de julio 23:59 GMT-4). Este evento estuvo asociado a condiciones meteorológicas poco habituales para el norte del país, entre ellas, un evento de El Niño en desarrollo y el transporte de humedad desde el Pacífico tropical (Garreaud et al., 2026; Henríquez, 2026). Figura 1. Precipitación acumulada para cada día del temporal ocurrido entre el 15 al 20 de julio de 2026, con foco en Atacama y Coquimbo. Datos horarios de ERA5-Land, corregidos por sesgo. Figura 2. Precipitación acumulada total desde el 15 de julio (00:00 GMT-4) al 20 de julio (23:59 GMT-4) de 2026, con foco en Atacama y Coquimbo. Datos horarios de ERA5-Land, corregidos por sesgo. La leyenda de esta figura utiliza los mismos colores que la Figura 1, sin embargo, el rango de valores representado por cada color es distinto. Sin embargo, la pregunta hidrológica más interesante no es solo cuánto llovió, sino ¿qué tan extraordinaria fue esa lluvia para cada lugar y para cada duración? Este contraste entre dos localidades relativamente cercanas: Combarbalá y Punitaqui, ambas en la Región de Coquimbo, lo muestra con claridad la Figura 3. En las 72 horas más lluviosas, la versión preliminar del reanálisis ERA5-Land estimó cerca de 220 mm en Combarbalá y unos 160 mm en Punitaqui. Aunque ambas cifras son elevadas, el análisis de frecuencia, mostrado en la Figura 4, entrega resultados muy distintos: en Punitaqui, el período de retorno estimado fue levemente superior a 100 años, mientras que en Combarbalá superó los 500 años. Figura 3. Precipitación máxima acumulada dentro de la ventana más lluviosa de cada duración, con foco en Atacama y Coquimbo. No corresponde al total de los seis días, sino al mayor acumulado observado dentro de cada ventana móvil. La leyenda de esta figura utiliza los mismos colores que la Figura 1 y Figura 2, sin embargo, el rango de valores representado por cada color es distinto. Figura 4. Período de retorno estimado para ventanas de 6, 12, 24, 48 y 72 horas en Atacama y Coquimbo. La categoría «más de 500 años» es una clase abierta y debe interpretarse como excepcionalidad extrema, no como una frecuencia precisa. La razón es simple: una misma cantidad de lluvia no significa lo mismo en todos los climas. Una cantidad de precipitación acumulada que puede ser relativamente frecuente en una zona lluviosa puede resultar extraordinaria en una región árida o semiárida. Por tanto, la excepcionalidad depende de la intensidad, la duración y de la climatología local. La duración fue la señal más extraordinaria de esta tormenta La Figura 5 muestra que las mayores intensidades de corta duración se concentraron principalmente en la Región de Coquimbo. Para una ventana de 6 horas, sectores entre La Serena y el valle del Limarí alcanzaron intensidades medias de hasta unos 10,5 milímetros por hora (mm/h), mientras que gran parte del interior de Atacama permaneció por debajo de 0,5 mm/h. Al ampliar la ventana a 48 o 72 horas, la intensidad media disminuye porque la lluvia se promedia sobre un intervalo mayor. Sin embargo, el volumen acumulado aumenta y la señal espacial cambia: en las 72 horas más lluviosas, amplios sectores entre La Serena, Combarbalá y Punitaqui acumularon entre 220 y 300 mm. Figura 5. Intensidad media máxima estimada durante el temporal para ventanas móviles de 6, 12, 24, 48 y 72 horas, con foco en Atacama y Coquimbo. Datos horarios de ERA5-Land, corregidos por sesgo. La leyenda de esta figura utiliza los mismos colores que las figuras 1, 2, y 3, sin embargo, en esta figura dichos valores representan intensidades de precipitación en mm/h mientras que en las figuras anteriores representaban precipitación acumulada en mm. Así, en las regiones de Atacama y Coquimbo la excepcionalidad del temporal estuvo mucho más asociada a la duración del evento, especialmente a las ventanas de 48 y 72 horas, que a intensidades horarias extraordinarias. Esto no implica que lloviera de forma continua durante todo ese intervalo, significa que las acumulaciones máximas evaluadas sobre esas duraciones se alejaron mucho más de la climatología local de extremos que las intensidades de corta duración. La región de Coquimbo concentra el ejemplo más evidente. Para 48 horas, el 47 % de la región quedó en la categoría de período de retorno superior a 500 años; para 72 horas, la proporción aumentó al 64 %. En Atacama, los valores más extremos se concentraron especialmente en el interior de la provincia de Huasco. Este patrón confirma una idea que suele pasar desapercibida cuando se describen tormentas solo mediante milímetros acumulados: el lugar donde más llueve no necesariamente es el lugar donde el evento es estadísticamente más raro. Para evaluar el riesgo, importa la posición del episodio dentro de la climatología local de extremos. ¿Qué significa realmente un «período de retorno de 100 o 500 años”? Un período de retorno de 100 años no significa que un evento ocurra exactamente una vez cada siglo. En condiciones estacionarias, significa que la probabilidad anual de igualar o superar esa magnitud es aproximadamente 1 %. Dos eventos de ese nivel pueden ocurrir en años consecutivos o pueden pasar muchas décadas sin que aparezca ninguno. La cautela debe ser todavía mayor cuando el período de retorno estimado supera ampliamente la longitud del registro utilizado para calcularlo. En este análisis se utilizaron 41 datos de intensidades máximas anuales, correspondientes al período 1981-2021. Por eso, una estimación de varios cientos de años depende mucho más del modelo matemático asumido que de observaciones directas obtenidas para un reducido número de años. Serinaldi (2015) ha advertido precisamente sobre la tendencia a interpretar los períodos de retorno como si fueran calendarios de recurrencia, cuando en realidad son una forma de expresar probabilidades bajo un modelo estadístico. La Figura 6 ilustra el problema anterior para la ciudad de Vallenar. Para 24 horas, el temporal de 2026 alcanzó una intensidad media cercana a 2,3 mm/h y fue el segundo valor más alto entre los 41 máximos anuales analizados, solo por debajo del año 1997. Una estimación empírica basada en el orden de los datos lo sitúa cerca de 21 años de período de retorno, mientras que la distribución de Gumbel utilizada entrega aproximadamente 235 años. Ninguna de las dos cifras es “la verdad” absoluta, sino que responden a aproximaciones distintas. Figura 6. Curvas de intensidad-duración-frecuencia (IDF) y trayectoria del temporal en Vallenar, valle del Limarí y Punitaqui. La comparación entre duraciones muestra que la excepcionalidad del episodio aumenta con fuerza hacia 48 y 72 horas en los sectores más afectados. La incertidumbre no invalida el resultado principal. Permite sostener con bastante mayor confianza que el evento se situó muy lejos de la climatología de 1981-2021 más que afirmar que su recurrencia exacta es de 600, 1.000 o varios miles de años. Por eso, los mapas presentados en este análisis agrupan todas las estimaciones superiores a 500 años en una sola categoría. También hay una segunda cautela, especialmente relevante para quienes siguen el debate sobre cambio climático. Las curvas utilizadas aquí son estacionarias, suponen que la distribución estadística de los extremos no cambia en el tiempo. Esa hipótesis es ampliamente discutida en hidrología bajo un clima cambiante (Milly et al., 2008; Schlef et al., 2023). El trabajo de Soto-Escobar et al. (2026), que comparó intensidades máximas estacionarias y no estacionarias en Chile, encontró diferencias generalmente pequeñas para las intensidades estimadas, sobre todo en duraciones largas, pero eso no significa necesariamente que el clima analizado sea estacionario. Este análisis, además, no es un estudio de atribución climática. Permite caracterizar cuán excepcional fue el temporal respecto de una climatología histórica, pero no cuantifica qué fracción de su intensidad o probabilidad puede atribuirse al calentamiento global. La literatura muestra que un clima más cálido puede modificar los extremos de precipitación y su riesgo regional, pero atribuir un episodio específico exige experimentos y modelos diseñados para esa pregunta (Neelin et al., 2022; Martinez-Villalobos & Neelin, 2023). De la lluvia a las emergencias La Figura 7 muestra que el temporal avanzó marcadamente de sur a norte durante este evento. Las precipitaciones se concentraron primero entre las regiones de Maule y La Araucanía durante el 15 y 16 de julio, alcanzaron la zona central el 17 y se intensificaron en Coquimbo y Atacama durante el 18 y 19 de julio. Por otra parte, el panel ubicado a la derecha de la Figura 8 muestra que la intensidad máxima horaria dentro del área analizada se produjo cerca de los 30.6°S el 19 de julio alrededor de las 21:00 horas, con unos 11,2 mm/h. Figura 7. Precipitación acumulada para cada día del temporal ocurrido entre el 15 al 20 de julio de 2026. El contenido es idéntico al de la Figura 1, pero para toda la zona afectada por el evento. Datos horarios de ERA5-Land, corregidos por sesgo. Durante los seis días, el Ministerio de Obras Públicas registró 649 reportes de emergencia de infraestructura en el área de estudio, y la Figura 8 muestra la ubicación espacial y temporal de dichos reportes. Coquimbo acumuló 311 y Atacama 110. Juntas concentraron cerca del 65 % del total. El máximo diario se registró el 20 de julio, con 238 reportes, cuando la banda principal de precipitación se había desplazado hacia el norte. Figura 8. Evolución espacial y temporal de la precipitación y de los reportes de emergencia de infraestructura del MOP entre el 15 y el 20 de julio de 2026. La coincidencia entre precipitación y emergencias es llamativa, pero no debe confundirse con una relación causal simple. Una carretera, un puente o una obra de drenaje no responden solo a la intensidad horaria. También influyen la lluvia acumulada durante el evento y aquella ocurrida antes de este, el tamaño y tiempo de respuesta de la cuenca, la humedad antecedente del suelo, la geomorfología de la cuenca afectada, el estado de conservación de la infraestructura y la exposición de personas y actividades (Alvarez-Garreton et al., 2026). En la franja entre 31° y 30°S, por ejemplo, la mediana de la hora de reporte ocurrió 9,2 horas después del máximo horario de precipitación. Ese desfase mezcla procesos hidrológicos con tiempos operacionales de detección, verificación y comunicación, no puede interpretarse directamente como el tiempo de respuesta de las cuencas. El impacto humano fue dramático. Según el balance de SENAPRED, el sistema frontal dejó 13 personas fallecidas, 18 desaparecidas, 18.254 damnificadas, más de 1.700 albergadas y 45.108 aisladas, con 1.679 viviendas destruidas y 8.492 con daño mayor (Zambrano, 2026). Estas cifras convierten la discusión sobre «períodos de retorno» en algo muy concreto: la excepcionalidad estadística solo importa socialmente cuando coincide con exposición y vulnerabilidad. En infraestructura pública, el MOP estimó preliminarmente entre US$400 y US$500 millones para recuperar daños en Coquimbo y la provincia de Huasco, cifra que podría alcanzar US$700 millones al incorporar pasivos previos (Pareja, 2026). En minería se difundieron estimaciones sectoriales de US$120-235 millones para un período más amplio, entre el 13 y el 26 de julio (CTMIN, 2026). Ambas cifras deben leerse como evaluaciones preliminares y no como una atribución económica exacta al episodio de seis días. Los cortes de camino por lluvia y acumulación de nieve tuvieron además un gran impacto en las operaciones del sector minero del Norte Chico. La Coordinadora de Trabajadores de la Minería (CTMIN) informó que más de mil trabajadores quedaron aislados en faenas cordilleranas, junto a la suspensión temporal (de hasta 10 días) de tres operaciones mayores y una paralización masiva que afectó a más de 600 productores (CTMIN, 2026). Las pérdidas directas y sobrecostos operacionales se situarían entre US$116 y US$221 millones. Al sumar costos laborales extraordinarios, logística de emergencia e impactos indirectos, el costo total para el sector alcanzaría entre US$120 y US$235 millones. Un mismo temporal puede causar daños muy cuantiosos, pero, simultáneamente, aumentar las reservas de agua El episodio también modificó con rapidez el almacenamiento superficial. Entre los boletines de la Dirección General de Aguas del 13 y 27 de julio, el volumen conjunto de 25 embalses monitoreados aumentó de 3.713 a 5.215 millones de metros cúbicos (DGA, 2026). En comparación con 2025, el volumen embalsado antes de las tormentas era un 19 % inferior, mientras que luego de las tormentas este pasó a ser un 17 % superior. En Coquimbo, el embalse La Paloma pasó de 35.9 a 202.2 millones de metros cúbicos, Cogotí de 15.2 a 123.1, y Recoleta alcanzó su capacidad de almacenamiento. La Figura 9 muestra el cambio en el volumen en otros embalses en Chile entre inicios y fines de julio de 2026. Sin embargo, esto no significa que toda la lluvia del temporal se transformara directamente en agua almacenada. El cambio integra aportes de cuenca, tránsito de caudales, extracciones, condiciones antecedentes y reglas de operación. Figura 9. Cambio porcentual del volumen almacenado en diversos embalses a lo largo de Chile. Pese a lo anterior, aumentar las reservas de agua no compensa la pérdida de infraestructura, viviendas o vidas; son efectos distintos sobre territorios y escalas temporales diferentes. La agricultura ofrece un ejemplo de esto. La Sociedad Nacional de Agricultura informó el 20 de julio que no observaba, hasta ese momento, daños generalizados sobre la producción, pero sí impactos importantes en caminos, puentes, sistemas de riego, redes eléctricas y conectividad rural (SNA, 2026). ¿Qué nos enseña este temporal sobre el riesgo extremo? La principal lección es que no existe una única cifra capaz de resumir una tormenta extrema. El máximo horario, el acumulado de 24 horas, la lluvia de tres días y el período de retorno responden a preguntas distintas. En Atacama y Coquimbo, la ventana crítica de este evento fue de 48 a 72 horas; entre Valparaíso y O’Higgins, la señal más excepcional se concentró preferentemente en 48 horas; y en Maule y Ñuble los períodos de retorno fueron, en general, menores que en el resto de la zona afectada por el evento. Esa dependencia de la duración de la tormenta importa directamente para el diseño de infraestructura. Una alcantarilla urbana puede responder a un chaparrón de minutos u horas, mientras que un río, un embalse o una ladera pueden integrar lluvia durante uno o varios días. Diseñar con una única duración para todo el territorio puede ocultar precisamente el tipo de riesgo que mostró julio de 2026. El temporal deja, por tanto, una señal más precisa que la idea genérica de que “llovió mucho”. En Atacama y Coquimbo la excepcionalidad aumentó marcadamente con la duración considerada y las ventanas de 48 y 72 horas se alejaron mucho más de la climatología histórica que las escalas horarias. Esa diferencia ayuda a interpretar por qué un episodio sin intensidades horarias extraordinarias pudo alcanzar una rareza estadística tan elevada en el norte árido y semiárido. Referencias técnicas Martinez-Villalobos, C., & Neelin, J. D. (2023). Regionally high risk increase for precipitation extreme events under global warming. Scientific Reports, 13, 5579. https://doi.org/10.1038/s41598-023-32372-3 Milly, P. C. D., Betancourt, J., Falkenmark, M., Hirsch, R. M., Kundzewicz, Z. W., Lettenmaier, D. P., & Stouffer, R. J. (2008). Stationarity is dead: Whither water management? Science, 319, 573-574. https://doi.org/10.1126/science.1151915 Neelin, J. D., Martinez-Villalobos, C., Stechmann, S. N., et al. (2022). Precipitation extremes and water vapor: Relationships in current climate and implications for climate change. Current Climate Change Reports, 8, 17-33. https://doi.org/10.1007/s40641-021-00177-z Schlef, K. E., Kunkel, K. E., Brown, C., et al. (2023). Incorporating non-stationarity from climate change into rainfall frequency and intensity-duration-frequency (IDF) curves. Journal of Hydrology, 616, 128757. https://doi.org/10.1016/j.jhydrol.2022.128757 Serinaldi, F. (2015). Dismissing return periods! Stochastic Environmental Research and Risk Assessment, 29, 1179-1189. https://doi.org/10.1007/s00477-014-0916-1 Soto-Escobar, C., Zambrano-Bigiarini, M., Tolorza, V., & Garreaud, R. (2026). Developing Intensity-Duration-Frequency (IDF) curves using sub-daily gridded and in situ datasets: Characterising precipitation extremes in a drying climate. Hydrology and Earth System Sciences, 30, 91-117. https://doi.org/10.5194/hess-30-91-2026 Fuentes impactos de este evento Alvarez-Garreton, C., Garreaud, R., Scaff, L., Krogh, S., Boisier, JP., Zambrano-Bigiarini, M., & Arumi, J. (2026). Análisis CR2 | ¿Con cuánta lluvia se desborda un río? CR2. https://www.cr2.cl/analisis-cr2-con-cuanta-lluvia-se-desborda-un-rio/ CTMIN. (2026). Coordinadora de Trabajadores de la Minería (CTMIN), reporte publicado por Acero y Roca: impacto de los temporales en la minería chilena. DGA. (2026). Boletines hidrológicos. Garreaud, R., Bozkurt, D., & Rondanelli, R. (2026). Análisis CR2 | El evento extremo 15-20 de julio 2026 en el marco de El Niño en desarrollo. CR2. https://www.cr2.cl/el-evento-extremo-15-20-de-julio-2026-en-el-marco-de-el-nino-en-desarrollo/ Henríquez, P. (23 de julio, 2026). El Niño y un río atmosférico categoría 4: las claves del histórico temporal que golpeó a Chile. Meteored. https://www.meteored.cl/noticias/actualidad/el-nino-y-un-rio-atmosferico-categoria-4-las-claves-del-historico-temporal-que-golpeo-a-chile.html#google_vignette MOP. (2025). Manual de Carreteras Chile – Edición 2025 Pareja, P. (27 de julio, 2026). MOP estima hasta US$ 700 millones para reconstrucción en Atacama y Coquimbo tras temporal. La Tercera. https://www.latercera.com/nacional/noticia/mop-estima-hasta-us-700-millones-para-reconstruccion-en-atacama-y-coquimbo-tras-temporal/ SNA. (2026). Balance del sistema frontal del 20 de julio de 2026. Zambrano, C. (23 de julio, 2026). Nuevo balance de Senapred por sistema frontal: Se mantienen 13 fallecidos y aumentan a 18 los desaparecidos. CNN Chile. https://www.cnnchile.com/pais/nuevo-balance-de-senapred-por-sistema-frontal-se-mantienen-13-fallecidos-y-aumentan-a-18-los-desaparecidos/

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